Para muchos puede ser solamente una consigna. Para quienes estudiamos Química y Farmacia, fue mucho más que eso. Fue una forma de defender algo que para nosotros siempre ha sido fundamental: que detrás de la dispensación de un medicamento existe una responsabilidad sanitaria que no puede ser reemplazada por una góndola, una aplicación o una simple transacción comercial.
Años atrás, los estudiantes de Química y Farmacia nos organizábamos para defender la presencia del químico farmacéutico y evitar la venta de medicamentos en góndolas, y, con ello, la seguridad en la entrega de medicamentos. De ese movimiento también nació ANEQyF, la Asociación Nacional de Estudiantes de Química y Farmacia, donde muchos tuvimos la oportunidad de ser dirigentes y entender que nuestra profesión también tenía una responsabilidad social y política: participar activamente en las decisiones que afectan la salud de las personas.
Y hoy, seguimos pensando lo mismo.
Chile cuenta con miles de farmacias autorizadas sanitariamente. Solo en la Región Metropolitana, el Instituto de Salud Pública señala que existen más de 3.000 establecimientos autorizados para la venta de medicamentos. Pero existe una realidad que no podemos desconocer: hay localidades rurales, aisladas y alejadas de los centros urbanos donde acceder a un medicamento de manera oportuna y segura sigue siendo difícil.
Y aquí aparece la tecnología.
Hace algunos días leí sobre modelos de venta de medicamentos a través de plataformas digitales y me quedé pensando en algo que considero fundamental: las aplicaciones digitales tienen sentido cuando son capaces de crear acceso donde antes no lo había. La pregunta, entonces, no debería ser si utilizamos o no tecnología para acercar los medicamentos a las personas. Por supuesto que debemos hacerlo. La verdadera pregunta es: ¿cómo lo hacemos sin poner en riesgo la seguridad del paciente?
Las grandes cadenas de farmacias ya cuentan con sistemas de compra en línea y despacho a domicilio. Pero detrás de esa compra existe una cadena logística y sanitaria que no podemos desconocer: almacenamiento, conservación, preparación del pedido, revisión de la receta cuando corresponde, dispensación y responsabilidad profesional. Eso es muy distinto a comprar un producto cualquiera por internet. Porque un medicamento no es un artículo de aseo, una prenda de vestir ni un producto que podamos incorporar simplemente al carrito de compras. Es un producto sanitario. Y esa diferencia parece obvia, pero a veces tenemos que volver a recordarla. Quienes hemos tenido que estudiar el Código Sanitario y legislación farmacéutica sabemos que existen normas, responsabilidades y procedimientos que buscan proteger al paciente. También sabemos que la práctica muchas veces va más rápido que la legislación y que todavía existen espacios que deben ser regulados con mayor claridad. Por eso me preocupa cuando la discusión sobre el futuro de la venta de medicamentos se aborda solamente desde la perspectiva del mercado o de la comodidad del consumidor.
La comodidad es importante, el acceso también, pero la seguridad debe estar primero.
He tenido la oportunidad de conocer distintos modelos de farmacia fuera de Chile y reconozco que, como profesional del área, entrar a algunas de ellas y recorrer sus estanterías puede ser casi un placer culpable. Tomar un canasto y mirar producto por producto tiene algo de “shopping en una dulcería”. Pero también he visto modelos donde el medicamento está estrictamente detrás de un mostrador, acompañado de sistemas de prescripción y dispensación mucho más controlados. Y ahí está el punto: podemos innovar sin desregular. Chile, de hecho, ya está avanzando en una herramienta que puede transformar profundamente la seguridad de la cadena farmacéutica: la receta electrónica. El Sistema Nacional de Receta Electrónica contempla un repositorio centralizado y busca interoperar con sistemas de prescripción y dispensación, tanto públicos como privados. El proceso considera la validación del prescriptor y del paciente, el registro de la receta, la consulta por parte del dispensador y la notificación de la dispensación. Esto no es solamente dejar atrás la letra ilegible del médico, aunque quienes hemos trabajado en farmacia sabemos perfectamente lo que eso significa.
Es mucho más que eso, es trazabilidad.
- Es saber qué se prescribió, a quién, cuándo y qué finalmente fue dispensado.
- Es disminuir el riesgo de recetas adulteradas o reutilizadas fraudulentamente.
- Es generar información que puede ser utilizada para vigilancia, planificación sanitaria y políticas públicas.
Y, sobre todo, es avanzar hacia un sistema donde la tecnología esté al servicio de la seguridad del paciente.
De hecho, la documentación técnica del Ministerio de Salud contempla que la identificación del paciente pueda realizarse mediante su RUN y que la receta quede almacenada en un repositorio central.
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Entonces, ¿por qué no utilizar toda esta tecnología para construir un modelo moderno de acceso a medicamentos?
- Creemos en el comercio electrónico.
- Creemos en las plataformas digitales.
- Creemos en la innovación.
Afirmamos que una persona que vive en una localidad aislada no debería tener que recorrer kilómetros para acceder a un medicamento que necesita. Pero también creemos firmemente que el medicamento debe seguir siendo tratado como un bien sanitario y no como un producto más del comercio electrónico.
Por eso, si vamos a legislar sobre este tema, hagámoslo bien.
Sentemos en la mesa a quienes conocen la realidad de la dispensación: químicos farmacéuticos, expertos en tecnología y logística farmacéutica y autoridades sanitarias y también con químicos farmacéuticos pioneros que ya han desarrollado modelos de comercio electrónico de medicamentos dentro del marco legal en nuestro país.
No necesitamos inventar todo desde cero.
En Chile existen profesionales y empresas que llevan años trabajando en esta materia.
Escuchémoslos, creamos firmemente en sus habilidades sanitarias para resguardar la cadena de logística que se necesita en este tipo de venta y hagamos una moción legislativa mancomunada, en donde se desarrolle a base de la experiencia de químicos farmacéuticos que han puesto sus conocimientos al servicio de la comunidad. Porque muchas veces buscamos soluciones afuera cuando dentro de nuestro propio país ya existen experiencias que pueden enseñarnos qué funciona y qué debemos mejorar.
Y hay otro punto que no podemos dejar fuera de esta discusión: las intoxicaciones.
Entre tantos comentarios que aparecen cada vez que se habla de medicamentos, me detuve especialmente en uno que afirmaba que en Chile prácticamente no existían registros de intoxicaciones por medicamentos.
La realidad es muy distinta.
El CITUC informó que durante 2025 registró 40.199 exposiciones humanas a intoxicaciones, un 13,6% más que el año anterior. Es una cifra que obliga a mirar el problema con seriedad.
Y aquí quiero hacer una precisión importante: no todos esos casos corresponden exclusivamente a medicamentos ni todos requieren hospitalización. Por eso no sería responsable atribuir los 40.199 casos directamente a medicamentos de salud mental o calcular que todos permanecieron siete días hospitalizados.
Pero justamente ahí está la importancia de contar con mejores datos.
Porque si queremos hacer política pública basada en evidencia, necesitamos saber qué sustancias están involucradas, quiénes son los pacientes afectados, dónde ocurren las intoxicaciones, cuál es su gravedad, cuántos requieren atención de urgencia, hospitalización o cuidados intensivos y cuál es finalmente el costo para el sistema de salud.
La dimensión económica tampoco es menor.
Como referencia, una tarifa de Fonasa registra $176.570 para un día cama de hospitalización integral de cuidados básicos. Si hipotéticamente un paciente requiriera siete días de hospitalización, solamente esos días cama representarían cerca de $1,24 millones, sin considerar atención de urgencia, medicamentos, exámenes, profesionales, insumos, procedimientos ni otros costos asociados. Ahora imaginemos el impacto de miles de casos. Ahí comprendemos que prevenir una intoxicación no solamente significa proteger la vida y la salud de una persona. También significa utilizar de manera eficiente los recursos de nuestro sistema sanitario.
Y vuelvo al principio, eficacia y eficiencia.
- Eficacia es que el paciente reciba el medicamento que realmente necesita.
- Eficiencia es que lo reciba de manera segura, oportuna y utilizando correctamente los recursos disponibles.
Tecnología, regulación, profesionales capacitados y sistemas interoperables pueden ayudarnos a conseguir ambas. Por eso, cuando hablamos de modernizar la venta de medicamentos en Chile, no deberíamos plantearlo como una lucha entre tecnología y regulación, ni entre privados y Estado.
El desafío es mucho más interesante.
Es construir un modelo donde la tecnología permita llegar más lejos, pero donde la regulación y el conocimiento profesional garanticen que lleguemos de manera segura.
- Porque detrás de cada receta existe una persona.
- Detrás de cada medicamento existe un riesgo.
- Y detrás de cada dispensación existe una responsabilidad.
Por eso sigo creyendo en aquella frase que nos acompañó durante nuestros años de estudiantes:
“Sin QF no hay farmacia”.
No porque queramos detener la innovación, todo lo contrario.
Porque queremos que la innovación avance, pero avance con seguridad, con evidencia y poniendo siempre al paciente en el centro.
Fuente: Carolina Vera Escobar
Editor: Rony Condeña
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